El pasado miércoles fue mi cumpleaños y algunos amigos me hicieron unos emocionares regalos, que os dejo para que los disfrutéis todos.
La espera
Mis hermanos y yo jugamos en el templo todos los días. Ellos, tan iguales que dan miedo, me siguen entre los bloques con un fervor incuestionable. Aunque a menudo me preguntan dónde están todos, otras veces sólo saltan desde los dinteles, silban con fuerza o embisten sin mirar en mitad de las tormentas. Los dejo hacer un rato, son tan pequeños que me pregunto por qué los escogieron, qué pudo haber ido mal. Por fin, les recuerdo a gritos que estamos allí para proteger los círculos, no para derribar las piedras. Siempre acabamos corriendo a empujones, desatando ese aburrimiento de siglos que se arrastra entre la hierba hasta que lo vemos huir. Después llega la fuerza, el viento sopla a través de nuestros dedos, y entre los labios, y llueve, empieza a llover a mares.
Mis hermanos y yo jugamos siempre. Sólo yo parezco preocupado. A veces cuento las piedras exteriores o mido los pasos de la avenida, me siento en el punto más alto y escucho todas las voces, las de todos los tiempos. Trato de hacerlo bien y cuando llega el solsticio, me siento en el centro de cara al sol y espero por si vuelven a buscarnos, por si lo hemos conseguido, por si creen que ya merecemos descansar.
Edades
Fernando mira el espejo. Detrás de cada arruga hay una sonrisa, una emoción, una vivencia. En sus ojos todavía intuye al niño de las rodillas peladas, la mala letra y el miedo al profe de dibujo.
No soy viejo —se dice— solo tengo por delante una década más para llenarme la cara de vida.
El tiempo pasa
Camina imparable. Destruye todo lo que pasa bajo sus pies sin contemplaciones. Corro desesperadamente para que no me alcance. Alegrías, tristezas, miedos, frustraciones y enfados se hacen añicos tras su paso. Se acerca. No puedo más.
Ya no hay nada.